Algunos (parece que muy pocos) navegantes llegaron a Canarias en la Antigüedad, por ser una aventura a la que muy pocos se arriesgaban. Aquellos pocos fenicios, griegos y romanos que llegaron a las islas y que consiguieron regresar para contarlo, las rodearon de un halo de magia y de leyenda.
Durante siglos se ha creído que las islas eran las cumbres de las montañas de la Atlántida, el gran continente sumergido del cual habló Platón.
La Atlántida tenía toda clase de riquezas, su pueblo era el más avanzado del mundo, y en su centro estaba la gran capital con el Palacio y el Templo de Poseidón. Sus hombres de ciencia transmitían conocimiento y civilización a los demás pueblos, con los que mantenían la paz.
Los Atlantes fueron durante muchas generaciones fieles a sus leyes de justicia, generosidad y paz. Pero con el tiempo degeneraron y se hicieron avariciosos y belicosos. Hace unos 11.500 años, Zeus, rey de los dioses, castigó a los Atlantes y, en el transcurso de una sola noche, erupciones volcánicas y maremotos destruyeron la gran isla en un cataclismo de proporciones cósmicas.
Según la leyenda, de la Atlántida quedan a la vista sólo las islas Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde: lo que fueron las cumbres de las altas montañas del continente perdido. Pero sus palacios y templos se encuentran en el fondo del océano que tomó de él su nombre: el Atlántico.
Otros identificaron las islas con los Campos Elíseos, hogar de los bienaventurados donde no se conocía el frío ni las penas. En el mismo sentido, las Islas Canarias fueron identificadas con el “Jardín de las Hespérides”. Hesíodo (poeta griego del S.VIII a.C.) escribe sobre el legendario jardín, comenzando su historia con Atlas:
Atlas era un gigante, hijo del Titán Japeto. Los titanes fueron vencidos por Zeus, rey de los dioses, que los arrojó al Tártaro (el infierno). Atlas había participado en la lucha junto a su padre y Zeus lo condenó a sostener la bóveda celeste sobre sus hombros.
Atlas tuvo tres hijas, las Hespérides: Egle, Eritia y Aretusa. Las tres vivían en la tierra más occidental del mundo, unas islas maravillosas en el Océano Atlántico, un paraíso terrenal donde el clima era benigno y donde los árboles producían manzanas de oro. La diosa Gea (la Madre Tierra) había hecho brotar esas manzanas como regalo de bodas para los reyes de los dioses, Zeus y Hera.
Las Hespérides cultivaban el Jardín, pero éste era custodiado por Ladón, un fiero dragón que arrojaba fuego por sus cien cabezas. Hércules, también llamado Heracles, el héroe más grande de la Antigüedad, recibió la misión de realizar doce tareas consideradas muy difíciles o imposibles, “Los Doce Trabajos de Hércules”. El trabajo número once consistió en robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.
Hércules encontró a Atlas sosteniendo el cielo al borde del Océano, en las montañas que hoy llamamos el Atlas (Marruecos). Puesto que el dragón del Jardín de las Hespérides conocía a Atlas, Hércules lo convenció para quedarse él en su lugar sosteniendo el cielo mientras el gigante iba a las islas y robaba las manzanas. Atlas fue al Jardín, en el que pudo entrar ya que el dragón lo reconoció; mató al monstruo, robó las manzanas de oro, y regresó donde estaba Hércules. Atlas, cansado de sostener el cielo, pretendió dejar a Hércules en esa posición, pero el héroe logró engañarle, pasarle la carga de nuevo, y huir con las manzanas.
Las manzanas regresaron a las islas, pues fueron entregadas a la diosa Atenea, que las devolvió al Jardín y a sus jardineras, las Hespérides.
En cuanto a Ladón, el dragón milenario muerto por Atlas sigue vivo en sus hijos, los árboles llamados dragos. Según la leyenda, la sangre que manaba de las heridas mortales del dragón cayó sobre el Jardín de las Hespérides, y de cada gota creció un drago. Estos árboles, dracaena drago, llamados “árbol dragón”, tienen un grueso tronco del cual surge de pronto un racimo de ramas retorcidas que parecen las cien cabezas de Ladón. Cuando se rompe la corteza, brota una savia de color rojo oscuro llamada “sangre de drago” que tiene propiedades medicinales. Los dragos crecen lentamente, pero pueden vivir varios siglos, y hay algún ejemplar, como el de Icod de los Vinos, al que se llama milenario. Los aborígenes canarios, veneraban a los dragos como lugares de especial poder y significación.
El general romano Quinto Sertorio, cuya nave fue arrastrada desde Lusitania (Portugal) por un temporal, habla en el siglo I a.C. de “unas islas que tienen una elevación superior al Monte Atlas, y un clima benigno”. Plutarco llamó a las Islas Canarias “Islas Afortunadas”, un sobrenombre que conservan actualmente; y que ha creado el término “Macaronesia” (las Islas Felices) para denominar los archipiélagos atlánticos de Azores, Canarias, Madeira y Cabo Verde. La primera reseña histórica seria, la encontramos en la expedición de Juba, rey de Mauritania, éste las describe pobladas de palmeras y pinos, productoras de miel y ,sin duda, habitadas, pues hay vestigios de edificios. Todo ello se recoge en la Historia Natural de Plinio, historiador romano que vivió en el siglo primero de nuestra era.