La piratería en Canarias
El descubrimiento de América y la penetración europea hacia el Indico a través
de la costa occidental africana convierten a las Canarias en una encrucijada de
las rutas marítimas. Apenas avanzado el s. XVI comienza el tráfico naval entre
las colonias españolas de ultramar y la metrópoli. Los barcos regresaban
cargados de tesoros y especias, y sus rutas tenían que pasar forzosamente entre
las Azores y Canarias; de esta forma, los mares de las islas son lugares de
espera para las flotillas piratas. La piratería en aguas de Canarias empieza en
el primer tercio del s. XVI, toma inusitada actividad hacia su final, y continúa
durante todo el s. XVII y XVIII, hasta su ocaso en la primera década del s. XIX.

Piratas franceses
Ya en tiempos de la conquista aparecen aventureros franceses que eligen como
bases la isla de Lobos y el cabo de Anaga. Corsarios y piratas dificultan en no
pocas ocasiones el intercambio exterior y dañan indirectamente la economía
canaria al impedir el tráfico interinsular, a la vez que se debe a ellos la
entrada de numerosos productos, prohibidos al comercio regular. La enemistad
entre la España de Carlos V (1500-1558) y Francia hace que sean franceses los
primeros piratas que aparezcan en las islas. Los corsarios galos más conocidos
aquí son Juan Florín y François Leclerc, este último apodado "pie de Palo"
(Jambe de bois), el cual saqueó e incendió el puerto de Santa Cruz de La Palma
(1553); otras acciones similares se sucedieron en Tazacorte y San Sebastián de
La Gomera. En 1762 llega, para combatir a los ingleses, el buque Le Rubis, al
mando del corsario François Desseaux; algo más tarde, en 1797, la corbeta La
Mutine, cuya tripulación contribuyó a la defensa de la ciudad de Santa Cruz
frente al ataque de Nelson, fue saqueada en el puerto santacrucero por los
ingleses. Poco después llega a las aguas canarias un nuevo corsario para
reemplazarla, el conocido con el nombre de La Mouche. La actividad de estos
piratas permitió la entrada en las Islas de ciertos artículos, como es el caso
de los libros extranjeros a los que no se hubiera tenido acceso de otra manera.

Piratería Inglesa
Al heredar Felipe II el trono español se desata la rivalidad angloespañola. Como
consecuencia, igual que en todas partes del imperio, las Canarias se convierten
en blanco de los ataques de la piratería inglesa. Los ataques y saqueos son tan
frecuentes que el Rey se ve obligado a fortalecer el aparato defensivo del
archipiélago. Entre las medidas tomadas sobresalen la creación del cargo de
Capitán General y el envío, más tarde, del ingeniero italiano Torriani con la
misión de levantar torres y castillos en aras de su mejor defensa. Muchos de
éstos aún se conservan (castillo de Guanapay, en Lanzarote). Entre los piratas
ingleses más conocidos y temidos sobresalen John Poole, Cooke, John Hawkins, más
conocido en las islas como Aquines, y que mantuvo largas relaciones comerciales,
más o menos clandestinas, con Pedro Ponte, mercader y gran propietario tinerfeño
de origen veneciano, además de Drake (1585) y Blake (1656). El ataque de este
último a Santa Cruz de Tenerife podemos considerarlo como un intento más de
Inglaterra por apoderarse de la isla. El ataque de Horacio Nelson, el famoso
almirante inglés, al Puerto de Santa Cruz de Tenerife en Julio de 1797 debemos
enmarcarlo en este apartado de ataques navales; aunque tuvo fuertes
implicaciones políticas, pues España, como aliada de Francia, estaba en guerra
con Inglaterra, y la Plaza de Santa Cruz había sido reforzada con un
destacamento francés. La defensa del puerto corrió a cargo del general Gutiérrez
(1729-1799), y en esta acción, gloriosa para las tropas canarias, el poderoso
marino inglés hubo de retirarse no sin antes perder un brazo y parte de sus
banderas y soldados.

Holandeses y berberiscos
Al llegar el s. XVII, son también los holandeses los que protagonizan episodios
piráticos en Canarias; sus objetivos, aparte del móvil del botín, son políticos
y bélicos. A este respecto, el holandés Pieter Van der Does comanda contra Las
Palmas de Gran Canaria (1599) la operación más formidable de todos los tiempos,
resultado de la cual fue la ocupación, saqueo e incendio de la ciudad. En esta
incursión, atacó también, San Sebastián de La Gomera, y Santa Cruz de La Palma.
Los berberiscos azotaban las islas desde los tiempos de la conquista, quizás
como réplica a las incursiones punitivas que nobles y militares españoles de
Canarias hacían en sus costas de Africa. En el s. XVII arrecian las expediciones
berberiscas sobre las islas; son las orientales las que más sufren las
consecuencias y los moriscos residentes en éstas, que vivían como esclavos,
facilitan a sus hermanos piratas el rastreo de tesoros. San Sebastián de La
Gomera fue otro de los puertos que soportó los ataques y saqueos de estos
corsarios. Alcanzaron renombre por sus fechorías los apodados en las islas por
"El Turquillo" y "Cachidiablo".

Consecuencias de la piratería
Los ataques piratas a villas y puertos con fines de capturar tesoros o
apoderarse de víveres y vinos se traducen en incendios, saqueos y muertes; ello
obliga a militarizar las islas con las consiguientes cargas sobre la población,
y como medida de precaución, las villas y poblados se asientan en lugares no
visibles desde la costa. Por otro lado, muchos archivos y obras de arte
desaparecen por los incendios, provocados por los corsarios. Sin embargo no
siempre las escuadras piratas venían en son de rapiña. Muchas veces lo hacían
con la finalidad de practicar el contrabando con los naturales isleños; ciertos
magnates canarios debieron su fortuna a este comercio clandestino con los
piratas a lo que las autoridades hacían la vista gorda. La cuestión era
sobrevivir en un espacio insular a medio camino entre las colonias americanas y
la metrópoli española. Otras veces, los ataques tenían sencillamente
motivaciones políticas.
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