Breves apuntes sobre la isla de El Hierro
Perderse por El Hierro, descubrir sus calas basálticas,
sus acantilados agrestes, sus aguas tan azules como limpias, sus bosques de pino
canario, sus sabinas, su silencio, sus gentes hospitalarias, orgullosas y
entrañables es un privilegio que, una vez descubierto, se convierte en
necesidad.
El Hierro adopta la forma de un triángulo cuyos vértices se sitúan en Punta del
Guanche, al nordeste, Punta Restringa, en el sur y Punta Orchilla al oeste. La
isla cobija más de 200 conos volcánicos en sus 270 kilómetros cuadrados, y es
precisamente esa remota actividad volcánica la que tapizó la superficie de El
Hierro con los «lajiales», campos de lava de formas tan imposibles como
caprichosas que llegan incluso hasta las propias lindes del océano.
También aquí encontramos, como en la vecina Lanzarote, los «malpaises», terrenos
pedregosos de origen volcánico y coloración pardo negruzca, sobre todo en
Tamaduste, Solimán y El Golfo, donde se produjo, en 1793, la última erupción
conocida: la del volcán Lomo Negro.
El mejor lugar para admirar la sobrecogedora belleza de la costa herreña es, sin
duda, el Mirador de la Peña, obra del genial lanzaroteño César Manrique que
consigue, una vez más, integrar con pasmosa lucidez, la arquitectura rural con
el entorno de la isla.
Sus primitivos habitantes, los bimbaches, también edificaban sus viviendas de
piedra volcánica, aunque las cubrían con brezo y revestían sus paredes
interiores con adobe y bosta de vaca, como hoy se puede apreciar en el poblado
de La Guinea, entre las localidades de Frontera y Las Puntas. Es una admirable
reconstrucción a base de materiales originales de un antiguo poblado bimbache
levantado en las faldas del Risco de Tibataje, hábitat natural del tan exclusivo
como extraño lagarto gigante de El Hierro (que en ocasiones alcanza casi un
metro de longitud), 400 de cuyos ejemplares -no hay más de 1.000 en toda la
isla- pueden admirarse en el Lagartario levantado junto al ecoparque de este
pueblo.

Vegetación de otro planeta
La vegetación de El Hierro alcanza en ocasiones la categoría de espectáculo. Así
ocurre en El Sabinar, uno de los más interesantes parajes de la isla por las
vistas que ofrece de sus escarpadas costas sobre las que se recortan las
retorcidas formas de las sabinas caprichosamente esculpidas por los alisios,
pero sobre todo en los frondosos pinares localizados entre San Andrés y La
Dehesa, donde también prosperan los autóctonos Tajinastes que durante los meses
de la primavera compiten con el verdor de las coníferas salpicando de blanco la
tierra negra.
Justamente en La Dehesa se encuentra el santuario de la venerada Virgen de los
Reyes. De blanco inmaculado, la ermita alberga la imagen que cada cuatro años,
el primer sábado de julio, es bajada en procesión hasta Valverde a hombros de
unos fieles que tardan casi un día en recorrer esos 39 kilómetros mientras
peregrinan a través de caminos muchas veces forestales, danzando, hacia delante
y hacia atrás, al son de los tambores, los pitos y las chácaras.

Isleños «de secano»
Cuentan los herreños que en 1546 un barco con destino a Cuba perdió sus
provisiones para la travesía a causa de una feroz tempestad y que al recalar en
El Hierro dejaron allí la imagen de la Virgen a cambio de leche, queso y lana.
La imagen fue recogida por los pastores locales y su veneración alcanzó a todos
los isleños cuando durante la terrible sequía de 1614, que estaba acabando con
cultivos y ganados, los propios pastores trasladaron a la Virgen en
peregrinación desde su ermita hasta Valverde y a su llegada a la capital comenzó
a descargar sobre la isla una pertinaz lluvia que puso fin a la sequía.
Precisamente Valverde es la única capital canaria que no se encuentra abierta al
mar. Este antiguo enclave bimbache alejado de la costa y originalmente conocido
como Amoco, fue elegido como centro administrativo de El Hierro para evitar las
incursiones de los piratas que surcaban estas aguas. Una vez allí, merece la
pena conocer la iglesia de Santa María de la Concepción, levantada en el siglo
XVII, y, frente a ella, el edificio del Ayuntamiento, típica construcción isleña
de principios de siglo.
Fue en la isla de El Hierro donde se localizaba el mítico Garoé, el árbol
sagrado de los bimbaches de cuyas hojas destilaba el agua que, tras recogerse en
aljibes de piedra, satisfacía las necesidades de la población y su ganado. La
leyenda continúa manteniendo que al llegar a la isla los invasores procedentes
del continente, los aborígenes ocultaron celosamente el enclave en el que se
encontraba el árbol hasta que fue descubierto por un soldado al que una bimbache
enamorada reveló el secreto.

El Garoé fue destruido en 1640 por un huracán, pero aún hoy se mantiene viva la
tradición y existe un tilo que ocupa el lugar de su sagrado antecesor. Hasta él
se puede llegar transitando por una carretera de tierra que muere en el hermoso
paraje que dio origen a la leyenda, y que aún hoy continúa siendo uno de los
lugares más mágicos de la isla.
Uno de las mejores zonas para disfrutar del mar en El Hierro es La Restinga,
pequeño pueblo de pescadores ideal para la práctica del submarinismo y sede
habitual de los campeonatos internacionales de fotografía submarina organizados
anualmente por el Cabildo Insular y RM Comunicación. Por supuesto, sin olvidar a
Tamadueste, pueblecito de casas blancas, antítesis de las negras cenizas que se
enseñorean del paisaje, y que también disfruta de un pequeño puerto natural en
cuyas aguas el baño es casi imprescindible.
El auténtico meridiano cero
Al sudoeste, el faro de Orchilla se alza orgulloso para recordarnos que nos
encontramos en el punto más occidental de España, allí donde Ptolomeo situó el
meridiano cero a causa del cual, Orchilla mantiene tozuda su centenaria disputa
con Greenwich y El Hierro adopta el sobrenombre de Isla del Meridiano.
Algo más al norte, frente a El Golfo, en Frontera, se elabora, en bodegas como
la de Fleitas -que el viajero amante de la enología debería visitar- el
exquisito vino herreño, complemento ideal de las especialidades gastronómicas
isleñas. Para llegar hasta allí, al visitante no le hará falta fijarse en el
indicador de la carretera: le bastará con divisar desde lo lejos el curioso
campanario de la iglesia de la Virgen de la Candelaria construido en lo alto de
una montaña a la entrada del pueblo para saber que ha llegado a la capital del
vino en la isla de El Hierro.
Pero cualquier visita a este reino de la belleza y la paz no sería completa si
el viajero no gozase de las mejores vistas de la isla, las que se disfrutan
desde los miradores de Jinama, donde nace el sendero real, posiblemente el
camino más antiguo de El Hierro, que desciende hasta el mismo Valle del Golfo.
El de Las Playas, desde donde se divisa toda la bahía, o el de Bascos en el que
se domina El Golfo, Sabinosa, Pozo de la Salud, Frontera y los impresionantes
Roques de Salmor. Toda la tremenda belleza de una pequeña isla cuya
impresionante grandeza espera sin prisa ser descubierta.
MECA DEL SUBMARINISMO
El Hierro es, sin duda, uno de los más populares lugares de reunión de
submarinistas de todo el mundo, que acuden hasta el paraíso natural de la Isla
del Meridiano atraídos por las excepcionales condiciones que la costa herreña
ofrece para la práctica del buceo.
Los ganchos de la isla: una visibilidad que, en la mayoría de las zonas, alcanza
de 40 a 60 metros, la temperatura media de sus aguas en torno a los 22 grados a
lo largo de todo el año y unos fondos de asombrosa espectacularidad y belleza
donde es posible contemplar sin dificultad no sólo meros, morenas, pulpos,
viejas y los más variados crustáceos, sino también tiburones, ballenas y mantas
gigantes.
La mejor prueba de la bondad de estas aguas para la práctica del submarinismo es
la celebración anual en el municipio de La Restinga del Open Internacional
Fotosub isla de El Hierro de fotografía submarina.
Gastronomía
Tan contundente como sabrosa, la cocina herreña tiene como principal
protagonista al pescado. De la vieja al peto o del calamar al choco, los fogones
de la isla conocen cientos de maneras de cocinar cientos de especies,
principalmente guisadas y a la plancha, acompañadas de las típicas papas
arrugadas con mojo picón, rojo o verde. Pero esto no significa que se puedan
despreciar guisos de la categoría del puchero, el potaje y el rancho con papas,
elaborados con conejo o cabrito.
A la hora del aperitivo resulta difícil dejar de aconsejar al viajero un vino
blanco de Frontera acompañado de unas lapas en escabeche, (las embotadas de
forma casera en el bar «El Refugio» de La Restinga son, a nuestro juicio, las
mejores de la isla). Y cuando se trata de postres no se puede olvidar la bien
ganada fama de las populares quesadillas, postre endulzado con base de queso
herreño.
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