Igual que el cine, la música es un arte al tiempo que una industria y la industria discográfica es una de las más poderosas y prósperas que existen.
Producir un disco implica una fuerte inversión, entre otros deben contarse los gastos de estudio de grabación, contratación de músicos y técnicos, diseño gráfico de carpetas, gastos de fabricación de los discos, gastos de administración y gestión, distribución a las tiendas, impuestos y gastos de promoción, equivalentes a la publicidad del disco. Las empresas que asumen estos gastos son las Productoras.
Las compañías multinacionales dedican grandes cantidades de dinero a la producción y promoción internacional de sus productos. Si el disco que producen obtiene éxito las ganancias son millonarias, pero si fracasa se pierde toda la inversión. Por ello, las grandes tienden a no arriesgarse en la producción de música original; cuentan con ejecutivos que calculan las posibilidades de rentabilizar cada nuevo lanzamiento musical como si fuese sólo un producto de consumo, dejando en segundo lugar las consideraciones artísticas. Así vemos cómo, en muchas ocasiones, estrellas masivamente apoyadas por la industria musical resultan ser productos de marketing, simples imágenes al servicio de una estrategia comercial, de los que nadie se acuerda transcurridos unos años.
Las compañías independientes invierten mucho menos dinero en el lanzamiento y promoción de un disco. Estas tienden a arriesgarse más en la búsqueda del talento musical, apoyando nuevas músicas y artistas originales, aunque sus productos de dirigen a un numero reducido de compradores.
Las compañías piratas graban copias ilegales de los productos de otras compañías y las ofrecen a un precio inferior. Se trata de un fraude, un negocio ilegal, que produce verdaderos quebraderos de cabeza a las grandes compañías.
Otro gran problema para las multinacionales de la música y para sus autores e intérpretes es la música en Internet. La facilidad con que se accede a cualquier disco de cualquier intérprete en la red, hace que sea un grave problema para la industria discográfica y para la música en general.
Durante el siglo XIX los compositores dependían de la honradez de sus editores, no siempre asegurada, para el cobro de un porcentaje de lo producido por sus obras. La industria discográfica y los medios de comunicación como la radio y la televisión han marcado en el siglo XX un cambio en las condiciones sociales del compositor, significando nuevas fuentes de ingresos a través de los derechos de autor.
La SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES DE ESPAÑA, o SGAE, fundada en 1899, entre otros, por Ruperto Chapí (compositor de la Zarzuela “La Revoltosa”), es la entidad que gestiona en nuestro país los derechos que genera la música, además del teatro y el cine. Por cada disco vendido o cuando la obra de un compositor se interpreta en salas de concierto, teatros, radio, televisión o cualquier otro medio, la SGAE se encarga de que su autor cobre un canon, o cantidad de dinero, por cada ocasión que su obra genera beneficios.
Toda obra musical cuyo autor esté vivo o haya fallecido hace menos de setenta años está obligada en España a pagar a su autor o herederos legales, derechos de autor por su interpretación pública, difusión o publicación. Si el autor falleció hace mas de 70 años la obra se considera “de dominio público” y no paga derechos de autor.